Lejos del ruido citadino y del
anonimato que la inmensa urbe garantiza, la tiranía cívico-militar se hizo paso
entre los mansos pueblos del interior
encarnándose en nefastos personajes locales que con suerte ostentaban cierta
reputación, tomando el nombre de comisionados municipales e incluso haciéndose
llamar “intendentes”. Estos hombres y
mujeres que ejercieron las funciones administrativas de la ciudad fueron en
muchos casos cómplices del secuestro, tortura y eventual desaparición de sus
propios vecinos.
Pero cuando la luz se hizo sobre
nuestro país entregaron el poder a los verdaderos intendentes elegidos por el
voto popular y regresaron a sus lugares de siempre como si nada hubiese pasado.
Incluso continuaron la carrera política fundando o sumándose a las filas de
algún partido político. Y siempre al resguardo del silencio que las sociedades
locales garantizan. Porque allí, el
silencio es salud.
Muchos años pasaron para que la
memoria se vuelva un ejercicio cotidiano,
o al menos para que sean las palabras y no los silencios las que estén en boca
de todos. Se derogaron las leyes de impunidad, se descolgaron los cuadros y ya
no hubo vuelta tras. La noticia recorrió el país, los docentes hablaron en las
aulas y los jóvenes preguntaron a sus padres. El manto de piedad comenzó a
descocerse y ya no se veía con tan buenos ojos a ese vecino o vecina que “fue intendente en la época de los militares”.
Pero no alcanza. Sigue siendo
necesario extender aún más el ejercicio de la memoria hacia las
municipalidades, hacia las localidades más chicas y más remotas del país. Y perseguir
la verdad para hacer justicia porque son muchos los cómplices que siguen
caminando por las calles de su pueblo, comprando el diario e incluso pidiendo
fiado en algún almacén (Como si confiar en ellos fuera cosa corriente). Y aún
queda pendiente que los intendentes comprometidos con los derechos humanos
reparen las historias locales y descuelguen los cuadros de los intrusos que
durante la tiranía administraron su municipio.
Muchos creyeron y siguen creyendo que
en sus pueblos no pasó nada, que todo pasaba en Buenos Aires. Es tiempo de
destruir esa afirmación falaz, puesto que al menos la voluntad popular fue
violada. Y eso no es poca cosa.
Grande es el daño que realizaron y
grande es la tarea que corresponde a quienes ejercen los gobiernos locales. No
alcanza con respetar los calendarios nacionales; el trabajo debe hacerse en el
territorio, en cada casa y en cada escuela para reconstruir la verdad para sanar las heridas
que se siguen callando y poder construir las ciudades que soñamos.
El silencio más grande es el que
calla lo más doloroso. Es tiempo de saber que pasó en los municipios, es tiempo de que el silencio deje de ser salud.
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