sábado, 22 de marzo de 2014

El silencio no es salud.

Lejos del ruido citadino y del anonimato que la inmensa urbe garantiza, la tiranía cívico-militar se hizo paso entre los mansos pueblos del interior encarnándose en nefastos personajes locales que con suerte ostentaban cierta reputación, tomando el nombre de comisionados municipales e incluso haciéndose llamar “intendentes”.  Estos hombres y mujeres que ejercieron las funciones administrativas de la ciudad fueron en muchos casos cómplices del secuestro, tortura y eventual desaparición de sus propios vecinos.
Pero cuando la luz se hizo sobre nuestro país entregaron el poder a los verdaderos intendentes elegidos por el voto popular y regresaron a sus lugares de siempre como si nada hubiese pasado. Incluso continuaron la carrera política fundando o sumándose a las filas de algún partido político. Y siempre al resguardo del silencio que las sociedades locales garantizan.  Porque allí, el silencio es salud.
Muchos años pasaron para que la memoria se vuelva un ejercicio  cotidiano, o al menos para que sean las palabras y no los silencios las que estén en boca de todos. Se derogaron las leyes de impunidad, se descolgaron los cuadros y ya no hubo vuelta tras. La noticia recorrió el país, los docentes hablaron en las aulas y los jóvenes preguntaron a sus padres. El manto de piedad comenzó a descocerse y ya no se veía con tan buenos ojos a ese vecino o vecina que “fue intendente en la época de los militares”.
Pero no alcanza. Sigue siendo necesario extender aún más el ejercicio de la memoria hacia las municipalidades, hacia las localidades más chicas y más remotas del país. Y perseguir la verdad para hacer justicia porque son muchos los cómplices que siguen caminando por las calles de su pueblo, comprando el diario e incluso pidiendo fiado en algún almacén (Como si confiar en ellos fuera cosa corriente). Y aún queda pendiente que los intendentes comprometidos con los derechos humanos reparen las historias locales y descuelguen los cuadros de los intrusos que durante la tiranía administraron su municipio.
Muchos creyeron y siguen creyendo que en sus pueblos no pasó nada, que todo pasaba en Buenos Aires. Es tiempo de destruir esa afirmación falaz, puesto que al menos la voluntad popular fue violada. Y  eso no es poca cosa.
Grande es el daño que realizaron y grande es la tarea que corresponde a quienes ejercen los gobiernos locales. No alcanza con respetar los calendarios nacionales; el trabajo debe hacerse en el territorio, en cada casa y en cada escuela para  reconstruir la verdad para sanar las heridas que se siguen callando y poder construir las ciudades que soñamos.

El silencio más grande es el que calla lo más doloroso. Es tiempo de saber que pasó en los municipios, es tiempo de que el silencio deje de ser salud.